lunes, 28 de abril de 2008

Simon el Mago

Almas ermitañas

Hace muchos años, poco más de dos décadas para ser más preciso, vengo buscando textos de Simón el Mago , su papel en la fundación del gnosticismo , es tal que se le atribuye la paternidad del mismo. Pero además es el motivo secreto por el cual Giordano Bruno fue quemado en la hoguera , pues en su momento la inquisición supo que había adquirido y estaba trabajando uno de los más importantes escritos de Simón el Mago, en ese punto fue traicionado por su aparente protector, Giovanni Moncenigo, y entregado al tribunal inquisitorial. Simón nació en Gitta, Samaria. Vivió en los primeros años del primer milenio de nuestra era, se le ubica en el primer siglo, como contemporáneo de Jesús y de sus discípulos pero no se tienen fechas precisas, algunos datan su muerte hacia el año 45. Este personaje recorrió el mundo que circundaba el mediterráneo. Dando homilías y sermones, sanando gente y realizando milagros. Verdadera sombra de Jesucristo.

El mundo académico sólo reconoce la presencia de Simón en el ámbito de la leyenda, afirmando verdad en su existencia, pero nada más. Fruto de las disputas con Clemente de Alejandría, Justino e Ireneo fue proscrito de manera definitiva de gran parte de la cultura conocida. Las acusaciones que pesan en su contra como hereje afirmaban que se transformaba en serpientes y cabras, que podía volar, hacer caminar a las estatuas y convertir piedras en pan. Las cartas que escribió para sus apóstoles desaparecieron, a pesar de que en algunos textos antiguos son citadas y referidas, no hay ejemplares conocidos de éstas. Pero lo medular de su pensamiento era el tratado en el que abordaba los distintos tipos de alma. De anima, veritas veritate. Sin embargo, a dos milenios de haber estado en el planeta, nadie ha leído el texto, no obstante hay quienes sostienen que aun circulan algunos muy escasos ejemplares.

Claro está que para la Iglesia, si “Dios creó al hombre a su imagen y semejanza” no cabe la posibilidad de que haya almas de distintos tipos. Pero Simón el Mago aseguró que unas, la gran mayoría, por su ascendente cósmico están llamadas al encuentro con el creador, pero otras por motivos de oscura y difícil explicación están llamadas a un eterno errar por el mundo, esto es quizá lo único que conservamos de su doctrina.

Para la Iglesia resultaba aterrador que el pueblo pudiera enterarse que unos de ellos, sólo un puñado de cada generación, no estarían jamás llamados a juicio por el amo de la naturaleza. Si eso se llegara a saber, no sólo cundiría el pánico, pues todos querrían saber si su alma es una de esas que nunca podrá llegar a tener descanso eterno, sino que como riesgo adicional, surgirían un sinfín de charlatanas y embusteros, seguidores de los gnósticos, que pretenderían, a cambio de un pago , saber y luego dar a conocer si el alma de éste o de aquel cristiano estarían o no llamadas a cuentas por el creador. Aunado a esto no es difícil imaginar el caos que derivaría de que una persona supiera que nunca será juzgada, para bien o para mal por el creador, por lo que es imposible purgar una condena.

Es por ello que con una tenacidad y sigilo propios de un gato, que al acecho espera y caza a su presa, fueron dando cuenta, uno a uno de los seguidores de Simón, y de todo lo que tuviera que ver con sus escritos, quemando cada una de las hojas jamás escritas del tema, borrando con ello una sabiduría de centurias. Se hablaba de que era heredero de los conocimientos de dos grandes afluentes: del conocimiento mágico y del de los iniciados. Se dice que era uno de los sucesores de los tres iniciados de Hermes Trismegisto . Pero que también había sido formado por la magia del templo Zigurat más septentrional de los Zoroastrianos .

Pues bien, por fortuna y por azares más allá de mi control, fui invitado por la Universide de Lisboa a dar una conferencia en la antiquísima capital Lusitana. Como todo conferencista de mediano nivel por mi prestigio académico, alcancé la distinción de ser paseado el día previo a mi sesión por los más importantes puntos turísticos de la Ciudad Blanca. Pero mi prestigio no alcanzó para atenciones el día posterior a mi intervención y a la vez, previo a mi regreso. Por lo que me las arreglé paseando por aquellos rumbos menos conocidos por los viajeros. Quizá queriendo traer a memoria lo que pudiera evocar de la película de Wenders filmada en esta ciudad.

Empecé a pasear sin un rumbo fijo en el famoso Jardim da Estrela, por un pequeño callejón fui entrando a lo que me pareció la zona menos favorecida de la ciudad, llegué al barrio gitano, una zona olvidada por Dios y por las autoridades. Un terruño de tierra que no necesita gobierno, pues se gobierna a sí misma.

Ahí observé un viejo letrero de madera, desvencijado y agrietado por los años, por el sol y la humedad que llega en fuertes brisas desde el Atlántico. El tablón decía: Livros Antigos mi portugués es prácticamente nulo, pero mi español no. Por lo que pude inferir que sería un lugar interesante, tanto como para aventurarme a entrar, como por la posibilidad de encontrar algún par de libros de esos que uno no sabe ni que los quería hasta que los ha comprado. Al fin y a cabo tenía casi todo el día por delante y no me corría prisa alguna. De modo que el crujir de la puerta fue lo que acompaño mi entrada a un recinto de techos altos y desprovisto de ventanas. Era una librería de esas en las que el polvo ocupa casi tanto espacio como los libros en los anaqueles. Sólo que el polvo cubre cada uno de los espacios disponibles, sobre los cantos de los libros, sobre los bordes de los lomos y en los espacios no ocupados de cada uno de los estantes.

Detrás del mostrador se adivinaba una boina cubriendo una cabeza canosa. Se podía ver el humo de una pipa subir en telarañas grises y azules que se fundían con un foco color ámbar a espaldas del encargado de la tienda. Bom dia! dije, seguramente con el torpe acento del extranjero que busca ser amable, en parte por el nerviosismo. De manera pausada, el anciano asomo la cabeza y sin responder me lanzó una leve sonrisa que no supe interpretar, misma que contesté inclinando la cabeza.

Cerrado el protocolo, empecé a caminar por entre los pasillos, mis ganas de sacar mi pipa de la bolsa y prender mi tabaco fueron grandes, como con ciertas ganas de quedar bien, aun sin la necesidad de hacerlo. Sin embargo, en ese momento, uno de los pasillos, llamó fuertemente mi atención. Era un pasillo más oscuro que el resto, el último de los corredores de libros, el menos caminado, el más polvoso. Lo empecé a recorrer y en efecto era distinto, los títulos de los libros no estaban en portugués, pude leer algunos en latín, otros en griego. Unos más en hebreo y hasta unos que no supe distinguir, pues nunca he podido diferenciar las grafías del árabe de las del parsi.

Con gran emoción iba intentando leer los lomos, en aquellos que tenían inscritos los títulos en ellos, otros no los llevaban, por lo que era necesario tomar cada libro, soplar el exceso de polvo de ellos y leer las primeras páginas. En el más alto de los anaqueles había un libro que lucía con más polvo que el resto, como si llevara al menos doscientos años sin ser tocado por mano alguna. Lo tomé con cuidado y le saqué de su lugar de reposo. Una gruesa capa de polvo cubría la totalidad del cuero negro que cubría el frente de unas páginas amarillentas.

No pude contener la emoción, tanto como para que mi asombro haya llamado la atención del anciano que soñoliento estaba tras el mostrador. Se acercó rápidamente para ver lo que pasaba y me vio con el libro entre las manos. Enseño una sonrisa llena de malicia, antes de decir: ese libro no es bueno. Mucha sangre ha sido hervida dentro de los cuerpo por su culpa. Me sorprendió mucho el comentario, pero más aun, me sorprendió el escuchar al viejo hablando en un claro español. Nada había dicho yo como para que supiera que esa es mi lengua materna.

- ¿Cuánto cuesta? Pregunté.

- ¿Cuánto lo necesita? Fue la respuesta a mi pregunta.

- Una vida de investigación, le dije.

- Lo vale, lo vale. Será suyo por 300 euros. Pero además la promesa de que usted nunca estuvo en este lugar.

- Pensé en la fortuna que eso me implicaba, jamás había siquiera considerado pagar esa cantidad por un libro. Por otro lado, no había duda, ese libro valía eso y más. A pesar de lo poco voluminoso, de que eran unas cuantas páginas si era el libro secreto de…. No tenía alternativa no podía sino buscar todos los medios por pagar lo que el viejo me pedía por él.

- Pero ¿por qué quiere esa promesa? ¿es auténtico? ¿cómo sabe lo de las muertes? ¿lo ha leído?

- ¿lo quiere?

La última pregunta no dejó lugar a dudas. Yo no obtendría respuestas y si quería el libro, debía de hacer esa promesa. Saqué el dinero de la cartera, lo entregué al tiempo que prometí no decir nada de dónde lo había adquirido. En lugar de bolsa lo envolvió en un pequeño trozo de tela oscura, le ató con cuidado y me dijo, asegurándose de que le viera a los ojos al decir: “ no lo abra sino hasta que esté solo”.

Ya con el libro en las manos, salí de ese lugar, corriendo hasta llegar a alguna calle de mediano tamaño, busqué un taxi. ¡Al hotel Corinthia Lisboa por favor! Mis dedos recorrían el paquete envuelto entre telas y polvos por las manos de aquel anciano de sonrisa indescifrable. Llegando al hotel, bajé a toda prisa del auto y subí sin reparar en persona alguna de las que había en el lobby hasta llegar a mi habitación, recorrí el cerrojo, prendí la luz y cerré las cortinas. Ahora si estaba solo, podía ya abrir el libro.

Cuál fue mi sorpresa cuando descubrí que la primera parte del libro, más allá de la introducción, estaba redactada en griego. No pude hacer pausa, ni dar crédito de lo que estaba leyendo. Era el tratado de las almas de Pitágoras. Una obra que sólo había encontrada en un par de citas, en las que se aludía el texto del magister, pero de la que nadie hablaba de modo directo. Yo bien había pensado que era un texto inexistente, ya sea perdido por los numerosos saqueos a ciudades griegas, primero en manos de los macedonios, luego por parte de los romanos, ya por el mero paso del tiempo, que en este caso ya suma milenios.

El tratado era claro, existen tres tipos de almas. Aquellas que son guiadas por el Sol; las que se rigen por la Luna y por último las gobernadas por los planetas. De golpe me vinieron a la cabeza las líneas de interpretación de Guthrie en su “History of Greek Philosophy”, en las que habla con detalle de lo mucho que los pitagóricos sabían de los astros. Tanto como para poder haber adelantado a Johannes Kepler y sus hallazgos de las órbitas elípticas de los astros. Ellos les llamaban epiciclos. El siguiente pensador en esbozar una interpretación de lo anterior fue el célebre astrónomo danés Tycho Brahe, quien con la propuesta del movimiento retrógrado de Marte permitió a Kepler la formulación de sus tres leyes, incluyendo, claro está, la afirmación de las órbitas elípticas.

El tratado era detallado, en cada uno de los tres tipos de almas. Las ánimas solares, según explicaba tienen una naturaleza pausada, racional. Son almas dóciles al manejo de las ideas, pues en la medida en que comprenden las cosas, o al menos creen comprenderlas, siguen con pocas dificultades las instrucciones, ya de su propia razón, ya de alguien distinto a ellos. Estas son las más numerosas de todas las almas. Son almas que complacen a los dioses, pues se muestran serviles y serviciales a los deseos de las voluntades superiores.

En segundo lugar estaban las almas lunares, grandes en número, pero menos frecuentes que las solares

En tercer término Planetarias astrales

De anima, veritas veritate.

Sol

Luna

Reseñaré a modo de lista, los planetas que los antiguos abarcaron en su cosmovisión . Ellos aluden únicamente a aquellos que son observables a simple vista: Mercurio, Venus, Marte, Júpiter, Saturno. Los otros no son descubiertos sino hasta después de la invención del telescopio, que data del siglo XVII. Los otros planetas no fueron considerados por los pitagóricos, ni otros de los antiguos pobladores.

Mercurio
Este planeta fue ya conocido por los antiguos sumerios y babilonios, con observaciones que datan de entre el 2000 y el 500 antes de nuestra era. El nombre con el que era conocido en la antigüedad era Nabu o también Nebu. Para los griegos tenía dos nombres, pues se le consideraba dos astros distintos. El modo en que se llamaba a Mercurio, cuando se le divisaba por las mañanas era Apolo, pero si se le veía en las tardes recibía el nombre de Hermes. Pitágoras es el primero en entender que era un mismo astro.

Los atributos de cada planeta están en parte vinculados a la deidad que le da su nombre. Hermes (Mercurio para la tradición romana), debido a lo corta de su trayectoria es como si corriera raudo y veloz, con alas en las sandalias. La velocidad es la principal de sus cualidades.

Venus
Hay tratados claros y explícitos de observación de este planeta entre los sumerios y babilonios quienes lo bautizaron como Dil-bat. Los mayas también estaban familiarizados para este cuerpo celeste, ellos lo llamaban Chak ek, que quiere decir gran estrella. Los griegos, igual que con Mercurio, por considerarles dos astros distintos, le llamaban, en las mañanas: Hesperus y por las tardes lo nombraban Phosphorus, parece ser que de nuevo las sectas pitagóricas son quienes a base de observación comprendieron que era un astro y no dos.

Este planeta por su brillo era tenido como el más bello de los planetas. Su atmósfera es en verdad reflejante, como espejo. Instrumento que alude a la más hermosa de las diosas: Afrodita, cuyo nombre romano es el que hoy nos permite nombrar a este planeta: Venus.

Marte
El planeta rojo, no puede sino evocar el color de la sangre, la sangre derramada en las guerras y en las batallas. Es por ello que fue dedicado al Dios de la Guerra: Ares. Marte dentro de la tradición de los hijos de Rómulo y de Remo.

Júpiter
Es el padre de todos los dioses. Debido a su gran tamaño no puede sino reflejar su gran importancia. Zeus es a quien este planeta debe su nombre. El tamaño y la masa de Júpiter son los mayores de cualquier planeta del sistema solar.

Saturno
Saturno es el nombre del último de los planetas conocidos y nombrados en la antigüedad. Padre de Zeus según nos relata Hesíodo en la Teogonía . Cronos , el nombre con el que los griegos le nombraban. Cronos devoraba a sus hijos cuando nacían. Entre otras cosas por el miedo a ser derrocado. Pues sabía bien que nadie le podría dañar más que uno de sus vástagos. Cibeles, madre de Zeus, engaña a Cronos, dándole a comer una piedra para que pensara que había engullido a su hijo. Tiempo después Cronos es desterrado y Zeus se convierte en el más importante y poderoso de todos los dioses.

Saturno es visto como un anciano engañado, que se mueve lento y pesado en el firmamento. El más cruel de todos los seres, capaz de dar muerte a los suyos.





Los días de la semana adquieren el nombre de los astros y de los planetas. Lunes, para la Luna; Martes, en honor a Marte; Miércoles, deriva de Mercurio; Jueves, día de Júpiter; Viernes, en honor a Venus; Sábado es una expresión y viene de la tradición judeo-cristiana; Sabath – sin embargo, si observamos la manera en que los sajones se refieren al día vemos que en inglés se de dice Saturday, por Saturno; Domingo, por último, es el día del Señor, que el latín se dice Dominus – no obstante, nuevamente en el inglés vemos que es el día del Sol (Sunday).

El esquema en principio es muy sencillo. Las almas están agrupdas en el Topos Uranos , ahí se encuentran agrupadas en círculos concéntricos a la vista de la Idea de Bien. En torno a la Tierra giran en círculos, o más bien en esferas todos los astros. La totalidad de esferas son diez,

1. El más cercano de los astros es la Luna.
2. Sol
3. Mercurio
4. Venus
5. Marte
6. Júpiter
7. Saturno
8. Ghfh
9. Kjjh
10. Jkhkjn

2 comentarios:

Vilknk dijo...

Es en serio?? es en serio lo del libro??!

y... de ahí viene el "simón dice..."?

Abrazos gigantes :)

Andrea dijo...

Me acuerdo hace unos semestre cuando en la clase de Edad Media vimos un poco de eso... Fascinante! Y el encuentro con el libro suena increible. Me imaginé el olor de ese libro...siempre una cualidad especial de las cosas de ese tipo.
Nos estaremos leyendo.